El voto emocional

¿Cuáles son las necesidades de la sociedad y por qué las y los presidenciables se enfocan más en despertar emociones que en precisar cómo resolverán los problemas del país?

Después de una semana de iniciada la campaña electoral 2019, en el caso de quienes van por la Presidencia de la República es notoria la inclinación a promover posturas emocionales, no programáticas.

Por: Héctor Salvatierra*
hsalvatierra2000@yahoo.com

Tal orientación no es casualidad sino una tendencia histórica, pues a lo largo de los años quienes han participado en la contienda han hablado más de expectativas que de concreciones.

Por eso no es extraño que en estos días veamos a candidatos y candidatas prendidos del cuello de niñas, niños o ancianos. También luciendo enternecedoras miradas, extendiendo las palmas de sus manos o lanzando y dando besos a granel; incluso  se animan a bailar aunque tengan dos pies izquierdos, o derechos.

Las enumeradas y otras imágenes similares encajan con la definición de la palabra emoción: “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”. Una segunda acepción dice: “interés, generalmente expectante, con que se participa en algo que está ocurriendo”.

Según la sicología, las emociones se engloban en un estado afectivo o una reacción derivados de cambios fisiológicos o sicológicos que influyen en el pensamiento y la conducta.

A partir de esa descripción se puede colegir que el beso, el abrazo, el estrechón de manos, el saludo y hasta el baile son los recursos con que las y los aspirantes tratan de cautivar al electorado de aquí al 16 de junio.

Y es que los aspectos citados, y otros en la misma línea se centran en la felicidad, la sorpresa, el miedo, la tristeza, el asco y la ira, los cuales prevalecen cuando quienes compiten aparecen en público para referirse a sí mismos/as o a las y los rivales.

Bien sabemos que las expresiones de acercamiento ocurren en esta etapa, ya que antes de este momento ni besos ni “apapachos”, muchos menos “vivencias” para saber “cómo la pasa la masa”.

Cualquiera esperaría que de cara a las urnas lo fundamental sería responder la pregunta que abre este texto, por ejemplo, cómo se atacará la inseguridad, se estimularán las inversiones, se fomentará el empleo, se garantizará la atención en salud, se mejorará el servicio público y se potenciarán los vínculos con el mundo.

Ni hoy ni antes ha sido prioritario lo anotado en el párrafo anterior, sino que en sintonía con corrientes regresivas, entre los discursos de campaña hay unos de cero tolerancia a las reivindicaciones LGTB, o sea, asustan o intentan hacerlo al tiempo de evadir el contenido de su plataforma de trabajo.

En ese sentido, sin quitar a las emociones el valor que tienen para situaciones circunstanciales y entendiendo que son rasgos esenciales del ser humano, deberían ser un factor marginal cuando de elecciones se trata.

Menos emociones y más raciocinio debería ser entonces la ruta cuando se vota. Previamente, en lugar del ritmo y la melodía las campañas tendrían que estimular que la gente usara la razón, esa facultad de la mente que permite aprender, entender, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad.

“Argumento o razón que se aduce para demostrar algo” es la segunda definición en el diccionario respecto de “raciocinio”, una capacidad que seguramente nos ayudaría a mejorar, pues la oferta electoral se ocuparía de atender la demanda. Mercado puro.

*Docente universitario, periodista y consultor en comunicación estratégica.

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